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BOLEROS DE ORO, UN HOMENAJE A LA CANCIÓN ROMÁNTICA

El XXII Festival Internacional Boleros de Oro, se celebra del 26 al 29 de junio, organizado por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Esta nueva edición esta dedicada al país del Ecuador y a la cantante Ela Calvo. El Coloquio Internacional de Boleros de Oro, tiene preparados una serie de discusiones sobre el bolero en la mujer, la cantante Ela Calvo, el bolero en Ecuador, Brasil, la crisis de la canción y el análisis conceptual de diversos cantantes y compositores de boleros, desde René Cabel hasta Ñico Membiela.

El Presidente del Comité Organizador José Loyola, me informa que este Festival tiene su génesis en las postrimerías de 1986, “la Sección de Muisca de la UNEAC decide organizar en La Habana un evento teórico, para los días del 10 al 12 de julio de 1987, con el nombre de “El bolero en Cuba y Latinoamérica”.

Simultáneamente se programó un espectáculo en el Teatro Mella con los más relevantes cantantes de boleros, el Coro de la TV, la dirección artística de Lázaro Saravia y el guión de Orlando Quiroga, quien bautizo el evento como “Festival Boleros de Oro”.

Ya en 1988 se celebra el 1er. Festival Internacional Boleros de Oro, con artistas de México. En 1989 (cuando se iniciaba en La Habana el Boom de la salsa cubana), y después se extiende a otras ciudades. Siempre se organiza un coloquio con los temas más candentes y más interesantes. Casi todo lo que brilla en el bolero ha pasado por Cuba, desde el compositor Vicente Garrido, el cantante Fernando Fernández, la ecuatoriana Patricia González, la colombiana María Isabel Saavedra, los puertorriqueños Dany Rivera, Andy Montañéz, Cheo Feliciano, hasta el investigador Jaime Rico Salazar y Cristóbal Díaz Ayala. Para mantener vivo el bolero, todo el año se presenta en la UNEAC la Peña Boleros de Oro, desde el 21 de octubre por iniciativa del Ministro de Cultura Abel prieto.

Todos los años, se dan cita en Cuba los especialistas, cantantes, compositores y amantes del bolero de América Latina, son fieles que vienen a la tierra de la creación del bolero, desde 1883, en que se compone el primer bolero grabado, de la cosecha de Pepe Sanchez. Pepe, con una Pléyada de trovadores y de creadores inspirados fueron escribiendo boleros primorosos, con temas patrióticos, amorosos y de diversos temas. En Santiago de Cuba –y otros pueblos y ciudades- pululaban las peñas, tertulias, serenatas, descargas amables y románticas.

El bolero cubano agarró un concepto estilístico, una atmósfera, un clima emocional. Se fundió con todos los géneros musicales cubanos e internacionales, con el tango, la ranchera, el jazz, fue como el “blues” de Cuba. Se hizo bailable, sentido y querido; expresión modulada, letra apta para ser declamada melódicamente (sin melodía no hay bolero).
Lo asumieron en todo el continente, por su carga pasional, como la tragedia griega de los latinos, según definiciones del poeta Jorge Luis Borges (los cubanos en forma de choteo le llaman a eso “tragiquismo”, palabra inventada por José Luis Cortés); el desborde sentimental, propio de nuestro temperamento, una especie de sucedáneo de la terapia sicoanalítica o la confesión, al lado de un amigo.
Historias de amores perdidos, de bares y cantinas, como rezaba aquel bolero –que se gastaba en las victrolas, que cantaba Orlando Contreras, “eso se aprende en la calle en la cantina/ copa tras copa bajo el fondo musical/ de las mujeres que te dicen tantas cosas/ y de los labios que te mienten al besar/”. Simplemente es la historia del hombre y la mujer, de la lucha de sexos que viene desde la prehistoria, en los albores de la humanidad. Es la supervivencia de la selección de las especies que deriva, al final, en un sabroso bolero que se degusta con una cerveza espumosa o un trago en la cantina (Camarera del amor, Entre espumas, No te burles, Humo y espuma, Dame un trago tabernero, La copa rota, Dame un trago tabernero). Es parte del paisaje latino que heredamos y que, en algunos espacios se va extinguiendo, dejando una estela de nostalgia por aquellas pequeñas cosas, que nos dejó un tiempo de rosas, de los que escribió el cantor Joan Manuel Serrat, uno de los símbolos mas gigantescos de la nueva canción hispanoamericana.

El bolero nació, como una palma cubana, entre mambises, guerreros independentistas, atravesó las balas y los cañones, entre la gente más golpeada y humildes, los desheredados de fortuna, los desheredados de fortuna que no tenían otra fiesta que visitar serenatas y descargas. Boleros con sabor a tabaco, azúcar y ron. No podía faltar la censura de parte de las clases dominantes y los “moralistas quisquillosos”, el pobrecito Agustín Lara fue detestado por las “buenas costumbres” mexicanas, por escribir boleros prostibularios que hoy escuchamos tan inofensivos y naturales, tan decisivos en la cultura de México y de América.
Pero también el bolero fue enrolado con la fantasía, la magia o la cursilería más retumbante. Aquellas escenas que describe magníficamente el profesor Adolfo Gónzalez, de salones del alto mundo social, llenos de muebles de “Bajo Imperio”, uvas de vidrio azul, mujeres con brazos como serpientes adormecidas y párpados violáceos, con cuerpos envueltos hasta las orejas en terciopelo verde con turbantes áureos de la época del shimmy, gatos de Angora, zapatos de charol, brillantes vestidos de seda artificial, muñecas con vaporosos trajes de organdí, con galanes del cine mexicano, con aquella emblemas como Tongolele, la mirada seductora tropicalísima de María Félix escuchando, entre bocanadas de humo, los bolerones de su esposo Agustín Lara y grabaciones de Lucho Gatica. De todo eso viene el bolero, como espejo musical y crónica de nuestro continente.

 

Por Rafael Lam
LaConga - Cuba
2008

 

 

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